
La búsqueda de las diferentes formas de la belleza es algo que acompaña a Joan Cortés en su incansable recorrido de arte y vida. En plena era del exceso y de la vulgaridad visual, de los colores estridentes y de las maneras imposibles, Cortés se mantiene derecho mirando hacia otros lugares, avanzando en otras direcciones. Un artista a contrapelo que consigue una estética simple y contundente, una belleza sencilla, la más difícil de encontrar.
Es, el trabajo de Cortés, una tarea agotadora, compleja; una labor infinita, llena de éxitos y de fracasos, que nos procura un bien común: unas esculturas y unos grabados –que casi son esculturas– que buscan conseguir la esencia de esta belleza que no tiene tiempo, ni espacio, ni lugar, o que quizás los contiene todos; una belleza atemporal, una belleza que lo es siempre.
En esta exposición para el nuevo espacio de arte contemporáneo COR, concebida cómo si fuera una instalación, Cortés plantea dos líneas de investigación diferenciadas. Por un lado, aquella habitual en su obra, que nos interpela desde una abstracción exquisita, de maneras orgánicas y belleza extraordinaria; unas esculturas y una obra gráfica que se refieren al cuerpo, al ser, al sexo; unas piezas que parecen estar a punto de levitar; otros que podrían ser el resultado de una disección taxonómica o de una atenta observación microscópica; unas obras que se explican a través de un blanco sabio, un rosa encarnado y un negro riguroso que hacen que centramos nuestra atención en estas formas sugerentes que llevan a la memoria el Brancusi más sublime y el Pevsner más delicado.